«La religión esconde náufragos tras su cerviz de plata. Ahogados de amor y guerra, de palabras y deseos ignífugos, de remolinos y abismos profundos. La maleza recorre el perímetro irregular de mi pene —creo ser Adán— formando un diminuto bosque con saltimbanquis y guardas jurado bailando alrededor mío. Los saltimbanquis van de rojo. Los uniformados van de verde. Tu boca esconde mi más ardiente vacuna sedativa. Yo voy de azul. Quisiera poder besarte a todas horas, fuera de los días y el calendario, besarte porque sí y todavía más adentro. Acariciarte desde la espesura y el caligrama obtuso que inventara Apollinaire. Besarte de mil y una formas distintas, todas sugerentes, recorriendo tu cuerpo como un navío que ha llegado a puerto: el final de su larga travesía. Conquistar una parcela de cielo —me lo dijo un deshollinador de Vallecas— no es algo que pueda practicarse todos los días. Una parcela en la que reposar, crucificado, cerca de tu nombre amartelado contra una chimenea, sobre el tejado ocupado por gatos periodistas, por creer que esa chimenea puede escucharte.»
Diego Medrano
Diego Medrano
(Oviedo, 1978) pertenece a una clase de escritores que tiene
ilustres representantes: la de los renegados o de los ceros a la
izquierda (los depravados, los locos, los desocupados, los
malogrados... los inútiles), aquellos que sólo encuentran
cobijo para su «legítima rareza» entre las flexibles
paredes de la literatura.
Inicia estudios
de Filosofía en la Universidad de Oviedo, donde, «tras sentirse como Oscar Wilde en prisión», y
diciendo para sí cierta frase de François Mauriac —«La
libertad y la salud son lo mismo»— pronto lo abandona
todo en pos de su ciclópea vocación literaria.
El hombre entre
las rocas es una especie de cuaderno de escrituras, un
ingenio literario, donde se confunden lo poético y lo narrativo
(poesía sin versos y narración sin trama), a la manera de Jean
Cocteau y de René Char, siendo voluntad de los manejos del
autor que lo primero triunfe sobre lo segundo.
La
correspondencia completa entre Medrano y Leopoldo María Panero,
con el título de Los héroes inútiles, es el libro
inmediatamente
anterior al presente, donde el autor, siguiendo el
dictado de Baudelaire, se declara «héroe» e
«inútil».
En 2006 verá la luz la primera novela de Diego Medrano, en la
editorial Seix Barral y con el título de El clítoris de
Camille. Un poco más tarde, saldrá igualmente a la luz Diario
del artista echado a perder, configurando la primera entrega
de sus escrituras íntimas, donde la provocación puede
considerarse ya como un desatado estado de ánimo y un modo de
comprensión de éste, su propio mundo.
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