«[...] Creo que
hablo sin decir nada, creo que cuando te suceda, si te sucede,
no lo sabrás.
—Lo sabré de un modo u otro.
—Como los héroes de Henry James,
tendrás conocimiento de la historia cuando esté terminada. Te
enterarás de la existencia del sentimiento por el exterior de
tu vida. Pasará mucho tiempo antes de que llegue a tu
conciencia. Todo se modificará a tu alrededor, y tú, tú te
preguntarás aún por qué. No reconocerás nada. No sabrás
nada.»
Marguerite Duras
Emily L.
Como
al acecho, agazapado entre los pliegues del tiempo —esa jungla
que forman sus días—, John Marcher ha advertido desde muy
joven que un destino singular, el presentimiento de un
acontecimiento capaz de trastornar toda su existencia e incluso
de destruirle, le aguarda. De ese modo sabe que algo extraño,
inusitado, prodigioso y terrible vendrá de golpe a asaltarle.
La invencible seguridad que tiene de que tal cosa sucederá
contrasta con el perfecto desconocimiento en que vive John
Marcher acerca de qué será exactamente eso que le depara el
futuro. Ignorándolo todo acerca de ello, excepto su efecto
devastador.
Al acecho de la bestia responde él con su propio
acecho, y así comienza una espera que se convierte en
doblemente excepcional por el hecho de ser compartida por una
mujer que decide mantenerse alerta junto a él, vigilante hasta
el momento en que aquello impensado suceda. ¿Qué peligro
singular, sin embargo, puede albergar aquello que, fronterizo
con el amor y la muerte, por mucha inquietud que produzca,
sería el destino más común al que cualquiera, por el hecho de
vivir, estaría enfrentado? ¿Es que al cabo del tiempo no iba a
sucederle nada en su vida a John Marcher? ¿Y aquella mujer que
espera con él no sería nunca testigo de su combate contra la
bestia?
Henry James y Marguerite Duras, cada uno a su modo, narran esta
espera y la inquietud que su desenlace provoca en sus
personajes. Según la sabiduría narrativa de ambos, la espera
de lo imprevisible se convierte en el relato de una vida que
vela un secreto, en donde se ocultara inviolado el umbral de un
«ahora» llamado a que en él dé comienzo la verdadera vida.
No obstante, el inescrutable, el inviolable secreto no se
disimulará en el relato. Finalmente, dolorosamente, quedará
revelado ante nuestros ojos, mostrando todo lo que se puede
esperar de él: hasta qué punto él —el secreto, acaso no el
mismo para Henry James y para Marguerite Duras— pertenece al
orden del secreto, sin por ello deberle nada a la verdad para
haber llegado a ser tal secreto.