«¿Qué va a suceder entonces? ¿Tuve verdaderamente este deseo de
sustraerme, de descargarme en algún otro? más bien de sustraer
en mí al desconocido, de no perturbarle, de borrar sus pasos
para que lo que él ha cumplido se cumpla sin dejar restos, de
manera que eso no se cumpla para mí que sigo permaneciendo en el
borde, fuera del acontecimiento, acontecimiento que pasa sin
duda con el destello, el ruido y la dignidad del relámpago, sin
que yo pueda hacer más que perpetuar su aproximación, suspender
su indecisión, mantenerla, mantenerme allí sin ceder. ¿Era en
otro tiempo, ahí donde yo vivía y trabajaba, en la pequeña
habitación en forma de garita, en este sitio donde ya, como
desaparecido, lejos de sentirme liberado de mí mismo, tenía al
contrario el deber de proteger esta desaparición, de perseverar
en ella para llevarla más lejos, siempre más lejos? ¿No era
allí, en el extremo desamparo que ni siquiera es el de alguien,
donde se me había ofrecido el derecho de hablar de mí en tercera
persona?»
Maurice
Blanchot
Michel
Foucault, en El pensamiento del afuera, ha hecho un
comentario magistral acerca de Aquel que no me acompañaba:
«Sin lugar a dudas, en
este movimiento por el que el lenguaje gira sobre su eje es como
se manifiesta de la manera más justa la esencia del compañero
obstinado. No es en efecto un interlocutor privilegiado, algún
otro sujeto hablante, sino el límite sin nombre contra quien
viene a tropezar el lenguaje. Este límite no tiene aún nada
positivo; es más bien el fondo desmesurado hacia el que el
lenguaje no cesa de perderse pero para regresar idéntico a sí,
como el eco de otro discurso que diga lo mismo, del mismo
discurso que diga otra cosa.
“Aquel que no me
acompañaba” no tienen nombre (y quiere mantenerse en un
anonimato esencial); es un él sin rostro y sin mirada, sólo
puede ver mediante el lenguaje de otro a quien pone a las
órdenes de su propia noche; se acerca así lo más posible a ese
Yo que habla en primera persona y cuyas palabras y frases recoge
en un vacío ilimitado; y, sin embargo, con él no tiene vínculos,
una distancia desmesurada lo separa de él.
Por eso, quien dice
Yo debe sin cesar acercarse a él para encontrar por fin al
compañero que no lo acompaña o establecer un vínculo con él lo
suficientemente positivo como para manifestarlo al desanudarlo.
Ni ngún pacto los ata y, sin embargo, están potentemente ligados
por una interrogación constante (describa lo que ve; ¿escribe
usted ahora?) y por el discurso ininterrumpido que manifiesta la
imposibilidad de responder. Como si, en este retraimiento, en el
hueco que quizás no es nada más que la erosión invencible de la
persona que habla, se pusiera en libertad el espacio de un
lenguaje neutro; entre el narrador y este compañero indisociable
que no lo acompaña, a lo largo de la estrecha línea que los
separa como separa al Yo hablante del Él que
hay en su ser hablado, se precipita todo el relato, desplegando
un lugar sin lugar que es el afuera de toda habla y de toda
escritura, y que las hace aparecer, las desposee, les impone su
ley, y manifiesta en su desarrollo infinito su espejeo de un
instante, su centelleante desaparición.»
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